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Hablamos con la periodista abanderada del estilo de vida zero waste y co-creadora de Loopunite, una plataforma que inspira a otros a reducir la cantidad de basura que generan.

Por Inés Pujana

Aigul Safiullina es una periodista rusa de 32 años, que hace un año y medio, cuando se mudó a Hong Kong, decidió hacer un cambio radical en su vida: se convirtió en una abanderada del zero waste, un estilo de vida que crece cada vez más y que propone bajar al mínimo los residuos cotidianos. El puntapié se lo dió su nuevo hogar, la ciudad china, cuya efervescencia viene de la mano de un abrumador incentivo al consumo. “Al vivir 6 años en Argentina y viajar mucho por América Latina, nunca tuve demasiadas cosas. Cuando finalmente me mudé a Hong Kong, empecé a comprar de todo, y de repente me sentí ahogada. También me molestaba ver tanto plástico por todos lados, sobre todo en los supermercados, en donde envuelven en film cada manzana y cada banana. Ni hablar de la falta de reciclaje, porque a pesar de que es una ciudad muy avanzada, no tiene un sistema de separación de residuos” cuenta Aigul, que siendo una verdadera políglota -habla nada menos que 6 idiomas- se relaciona con gente de todo el mundo con una facilidad asombrosa. Así fue que en un curso para aprender chino cantonés conoció a Paola Cortese, una diseñadora que no solo la introdujo en este mundo “más verde y consciente”, sino que luego se convertiría a su amiga y socia en la plataforma Loopunite.com, un blog y comunidad online que propone e incentiva a todos a sumarse a este movimiento.

La cruzada “basura cero” implica salir siempre de casa con bolsas de tela y un vaso reutilizable, planificar muy bien las comidas, resistir la tentación de comprar cosas en un primer impulso y llevar siempre encima una bombilla metálica para prescindir de las plásticas. Los esfuerzos sin embargo no incomodan a Aigul, que lleva adelante su bandera con la pasión de una visionaria, dejando registro de todo lo aprendido en su blog. Al consultarla sobre su mayor aprendizaje hasta la fecha la respuesta es tajante, una muestra de que el conocimiento caló hondo: “Hoy sé que no necesito cosas para ser feliz, porque las experiencias valen más que las compras. También aprendí que los productos sustentables son más bellos. Mi termo es más lindo que una botella plástica y usar un pañuelo de tela es más elegante que usar uno de papel. Además, todo esto junto hizo que mejore mi calidad de vida. Ahora si tengo que comprarme algo lo pienso 10 veces, y quizás elijo productos que son más caros, pero que también son de mayor calidad, sobre todo en lo que se refiere a comida. Dejé de comer cualquier cosa y empecé a cocinar más, lo que veo como una inversión a futuro en mi salud”, afirma.

Sin embargo, no todo es color de rosas en el mundo zero waste. Acostumbrarse a él lleva una curva de aprendizaje que puede ser un tanto pronunciada, en especial en lo que respecta a la organización. “Lo más difícil es planificar todo con tiempo” – dice Aigul- “sobre todo porque mi estilo de vida no me permite pasar horas cocinando o haciendo mis propios productos, entonces, todo lo tengo que planificar. A veces también es difícil explicar por qué no quiero llevarme una bolsa plástica o usar una toallita de papel… y encima el reciclaje y el compost todavía me cuestan, sobre todo por la falta de espacio en mi departamento”, comenta. Cuando dice que fabrica sus propios productos se refiere a una práctica muy común entre los zerowasters, que implica preparar de forma casera insumos de la vida cotidiana, como crema corporal, jabón o limpiadores, entre muchos otros. Al principio Aigul hacía su propia pasta de dientes, pero finalmente -por practicidad- eligió una de Lush (la empresa de cosmética cruelty free que se vende en Chile pero aún no en Argentina). Esta viene en un empaque reciclable que la misma marca recolecta. También compra un shampoo que viene en un formato tipo “sopa” y directamente dejó de usar geles de ducha o body lotions. En cambio sí prepara ella misma el detergente, que cuenta, es muy fácil de hacer: media parte de bicarbonato de sodio, media parte de vinagre y un poco de limón, nada más. Para lavar la ropa usa bicarbonato de sodio con carbón y para limpiarse la cara y desmaquillarse le basta con aceite de coco, agua tibia y una toallita reutilizable. Después, la lava junto a su ropa, algo que si uno lo piensa, no difiere mucho del estilo de vida que llevaban nuestras abuelas, bien alejado del polémico “use y tire”.

El zero waste es una doctrina que puede parecer desafiante, pero que deja de serlo cuando se tiene en cuenta que alrededor del mundo, y gracias a la hiperconectada globalización, abundan las personas que difunden la cruzada a través de redes sociales, libros o blogs, volviéndose fuentes de inspiración para muchos. La primera persona que inspiró a Aigul fue Marie Kondo, quien en su libro, “La magia del orden”, pregona un mensaje a favor de una vida más simple y despojada. Después le llegó el turno a Paola Cortese, su socia en Loopunite, a quien no le creyó una palabra cuando le contó que toda la basura que generaba en un año podía caber en un frasco. Finalmente, cuando Aigul conoció su casa, no le quedó otra que creerle: no había allí ni un pedacito de plástico, nada. El impacto fue tan grande que en ese mismo momento decidió que también quería ser ‘zero waster’, pidiéndole a su amiga que le enseñara los pasos para iniciarse en este nuevo camino. Así, de a poco, fue encontrándose con varias otras figuras relevantes del movimiento, como Bea Johnson (una bloguera y madre americana cuya familia no genera un gramo de basura), Lauren Singer (una influencer neoyorquina que derrocha glamour al tiempo que evita generar residuos) y hasta las hermanas Melati e Isabel Wijsen (quienes iniciaron el movimiento Bye Bye Plastic Bags en Indonesia), entre tantos otros.

Para arrancar con su cruzada Aigul analizó la basura que generaba y notó que la mayoría de sus descartables provenían de productos cosméticos y de limpieza. Fue entonces cuando decidió cambiarlos por opciones DIY (do it yourself o hechos por uno mismo) y por marcas que tuvieran empaques sustentables. “Hay gente que piensa que son las empresas grandes las que más desperdician, pero yo creo que somos nosotros, la gente común”, dice, al mismo tiempo que afirma que el planeta sólo tendrá una oportunidad en la medida en que cada uno empiece a ser el cambio que desea ver en el mundo: “Tenemos que dejar de comprar botellas plásticas, de secarnos las manos con toallitas de papel, de pasar horas en la ducha y de comprar sin pensar. Yo sé que es difícil imaginarnos un futuro sin recursos naturales, por eso quizás es mejor empezar con una preocupación por la propia salud y por la propia familia. Un paso pequeño por día nos va a llevar más lejos que una legislación o que si esperamos a que reaccionen los gobiernos o las marcas”, afirma con el convencimiento de quien no sólo se topó de frente con una gran verdad, sino además con la determinación de quien encontró su verdadero propósito de vida.